La traducción o la vida

De prioridades, dilemas, aciertos y equivocaciones

La vida antes de internet

Cuando empecé la carrera, allá por el año 2002, no existían Facebook ni Twitter, ni los traductores tenían blogs, pero sí existía internet (no soy tan mayor, uff…). En el primer cuatrimestre de mi lustrosa carrera, si no recuerdo mal, teníamos Documentación Aplicada a la Traducción, que giraba, al menos en la Universidad de Alicante y en el año 2002, en cómo hacer una buena referencia bibliográfica. Nos dieron algunas pautas para buscar en motores de búsqueda (valga la redundancia) y no recuerdo nada más. Sinceramente, un petardo. En el segundo cuatrimestre, cuando nos metimos en materia de verdad, al comenzar a traducir, el profesor nos explicó lo importante que era documentarse para poder traducir cualquier tipo de texto, y fue entonces cuando pudimos comprobarlo: había que buscar no sólo (sí, me resisto) en diccionarios, sino también en enciclopedias, periódicos, publicaciones especializadas… si queríamos que nuestra traducción fuera de una calidad al menos parecida a la del original.

Esta ardua tarea, ninguna tontería, no nos suponía tanto esfuerzo a los que teníamos a mano un ordenador con conexión a internet, lo que me hizo pensar, por primera vez, en lo jod**a que sería la vida del traductor ANTES DE INTERNET. ¿Cuánto tiempo dedicaba a estudiar el texto en casa antes de ir a la biblioteca? ¿Cómo narices sabía en qué libro debía mirar cada término? ¿Y cómo lo buscaba en la biblioteca? ¿Cuántos libros consultaría antes de dar con la respuesta que estaba buscando? ¿Cuántas veces se levantaría de su puesto cada hora? ¿Cuántas palabras podría traducir al día? ¿Sería esa una pregunta que hicieran a los traductores antes de existir internet?

Una cosa tengo clara: estos señores traductores pre-internet, muchos de ellos cualquier cosa menos traductores de carrera, eran infinitamente más sabios que nosotros. Tenían que serlo, pues buscar cualquier duda les suponía una cantidad de tiempo que no podrían permitirse perder. La adaptación al medio, señores. Yo soy de esas que sólo aprende (o aprendía) vocabulario para los exámenes (mi cerebro no me deja llenarlo con cosas que puedo buscar en segundos), así que ya podéis imaginaros la admiración que despiertan en mí estos sabios de los que hablaba. Grandiosos.

Sin embargo, el cambio que ha supuesto internet para los traductores no se queda ahí. La inmediatez con la que se reciben, traducen, corrigen y envían los trabajos a las agencias y clientes en general no puede compararse en absoluto con cómo se haría antes de existir el correo electrónico, para bien y para mal.

En el caso de una agencia de hoy en día, el tiempo que se tarda en recibir un encargo por parte de un cliente y remitírselo a un traductor pueden ser 5 minutos, si el cliente es habitual (y, por tanto, no pide un presupuesto previo) y el texto que envía no es muy largo y está en un formato editable. En este caso, también podríamos tener claro qué traductor es el que suele trabajar para este cliente. Se archiva el texto original, se examina por si hay alguna duda y se envía al traductor por correo electrónico. Lo dicho, 5 minutos. Este tiempo puede demorarse hasta las varias horas si no se cumplen las anteriores condiciones, claro, pero nunca podría llegar hasta los 5 ó 6 días que podría tardar en llegar el texto desde el cliente hasta el traductor si no existiera el e-mail, contando con los dos envíos que hay en el proceso.

Esto me hace plantearme, incluso, si antes de internet existían las agencias de traducción… Desde luego, no podían tener mucho que ver con lo que son hoy en día.

En las agencias, a día de hoy, los presupuestos deben prepararse en segundos, los correos deben contestarse en cuestión de minutos y las traducciones deben estar listas y revisadas en unas pocas horas (dos días a lo sumo, salvo, claro está, grandes volúmenes). Para que esto sea posible, se han tenido que desarrollar tantas herramientas que no creo que nadie que tuviera (o trabajara en) una agencia antes de la existencia de internet, pudiera siquiera imaginar lo que le deparaba el futuro a su sector.

Para que os hagáis una idea, a parte del correo electrónico, hay varias herramientas informáticas que se hacen indispensables en las agencias de traducción contemporáneas: por supuesto, al menos una CAT, para poder mantener memorias de traducción y bases de datos terminológicas para cada cliente; un programa tipo Contaplus, con el que llevar la contabilidad; un CRM (Customer Relationship Management); un calendario, y un gestor de proyectos. Eso como poco. Gracias a Dios, hay personas inteligentes en el mundo, y hay productos en el mercado que incorporan varias de estas funcionalidades. Sin embargo, no creáis que es fácil encontrar un producto que aúne todos estos menesteres. Y, como todos os habréis dado cuenta, si no lo tienes todo en uno, no lo puedes tener sincronizado, por lo que nunca sabes qué datos son los más actuales.

Si no habéis trabajado en una agencia, dudo que podáis haceros una idea de lo complicado que es saber qué se ha recibido, cuándo, de quién, para cuándo lo necesita, a quién se le ha enviado, si lo ha terminado ya, si se ha revisado, si se le ha enviado al cliente, si ha habido algún cambio, si hay traducciones anteriores parecidas… Son demasiadas cosas para la mente humana. E imaginaros si todas estas cosas se llevan entre varias personas… El caos. Por eso, las herramientas anteriores se hacen absolutamente imprescindibles si se quiere dar un servicio de calidad y en el tiempo que el cliente espera.

Aún hoy, hasta donde mi conocimiento alcanza, no hay en el mercado (muchas agencias tendrán uno, pero hecho a medida —o que cueste los ojos, los riñones, el hígado…) ningún programa que reúna TODAS las características que requiere una agencia de traducción (por favor, si os enteráis de alguno, decídmelo). Imaginemos todos cómo era la vida antes de los ordenadores personales y, sobre todo, de internet. Sinceramente, creo que era más plácida y requería de mucha más tranquilidad y sabiduría, aunque también más rígida e inflexible, claro.

Como siempre digo, todo tiene su parte buena, y su parte mala. Pero os lanzo una pregunta: si pudierais elegir, ¿en qué era preferiríais traducir: en la era pre-internet o en la actualidad?

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5 pensamientos en “La vida antes de internet

  1. Muy interesante. Alguna vez le he dado vueltas al tema y me imagino que traducir antes del auge de internet debía de ser una tarea titánica. Ahora lo tenemos todo tan al alcance y con tanta inmediatez que, para mí, volver a lo de antes sería impensable.

    Lo más difícil es saber discernir la buena fuente información de la mala o la no tan buena para la traducción que nos ocupa y no perderse entre tanto texto. Pero yo creo que en general las ventajas superan a los inconvenientes. Pienso, por ejemplo, en la traducción de algo que tenemos que sacar de oído (como un fragmento para doblaje o voces superpuestas) o de ese termino tan argótico en una literaria que no está en ningún diccionario. Si no tienes a mano a ningún colega nativo, en internet puedes encontrar una solución más o menos rápida.

    Hoy mismo he estado sin internet (hasta hace unos minutos) y he tenido que dejar la traducción de una novela a medias porque hay términos que no he conseguido encontrar ni en un diccionario de papel ni en un programa del PC… Como todo, no valoramos la importancia de las cosas hasta que no las perdemos.

    En definitiva, no he vivido la traducción antes de internet pero no sé si sabría adaptarme a ella ahora, después de haberme acostumbrado a lo bueno 🙂

    • Debo decir que yo también prefiero las inmensas facilidades que nos da internet, aunque reconzco que me gustaría haberme entrenado (al menos un poco) en cómo buscar información cuando ni internet ni los libros que tienes en casa te pueden ayudar, que a veces pasa. Esas visitas a la ferretería de las que habla Alicia Martorell en el artículo arriba mencionado tienen su punto romántico (y de detective privado molón, jeje).
      Evidentemente, google nos soluciona la papeleta el 95% de las veces (¿o más?), pero creo que siempre se puede aprender de los métodos más tradicionales.

  2. Pingback: La semana en 10 entradas | Blog de Leon Hunter

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