La traducción o la vida

De prioridades, dilemas, aciertos y equivocaciones

Historias de barrio: conciliación

Aquí dos familias reunidas

Una cena navideña cualquiera

En estas fechas navideñas de amor, solidaridad, cariño desmedido y buenos propósitos, me ha dado por llamar la atención sobre un tema harto conocido y comentado hasta la saciedad en las tertulias marujiles: lo difícil que es conciliar trabajo y casa (y si es familia, ni te cuento). A ver si este año nuestros «mariditos» (o lo que tenga cada una) se ponen las pilas y nos hacen la vida un poco más fácil.

Una, que trabaja desde casita y que vive en un barrio de esos «de toda la vida», tiene la ventaja de poder ir a los comercios cuando más mola: por las mañanicas, con las señoras. A esas horas, no suele haber mucha afluencia de público, lo que permite entablar animadas conversaciones con los dependientes. Y yo, que hablo con las piedras, encantada de la vida.

Una de esas conversaciones que empiezan de la forma más tonta y acaban en confesiones casi íntimas fue la que tuve el otro día con la chica de la mercería, Mari, que está a punto de dar a luz a su segundo hijo y que me informó de que se iba a cambiar de local, a uno mucho más grande y mejor situado. «¡Qué maravilla! —le contesté—. Eso es que te va muy bien.»

hombre embarazado

¿Os imagináis?

Y claro que le va bien, pero no sin muchos sacrificios. Para empezar, está claro que ningún hombre puede embarazarse, dar a luz ni dar el pecho para liberar a su mujer de estas tareas. No es, por tanto, nada que pueda reprochárseles, pero el hecho es que nuestra protagonista se enfrentaba a una obra, la tramitación de una licencia de apertura, un traslado y la promoción de un nuevo local justo en el momento de dar a luz y en las semanas posteriores, sin que nadie pudiera liberarla de esa carga. Las oportunidades se presentan cuando se presentan, normalmente en el peor momento posible.

Eso sí, Mari se apaña muy bien: utiliza los medios días (cuando su hijo mayor está en el comedor) para adelantar cosas de su casa (la compra, la limpieza, etc.) o para agilizar trámites referentes al nuevo local. Su marido, que trabaja por cuenta ajena, come en casa y es ella la que prepara la comida, así que imaginemos el tiempo que tiene para descansar: ninguno. Por las tardes, se queda en la tienda hasta las 20-20:30 y, cuando llega a casa, se encuentra con que, aunque su marido hace rato que ha llegado de trabajar, es ella la que tiene que preparar la cena.

¿En una relación heterosexual, por qué somos las mujeres las que, por defecto, nos ocupamos de la comida y de la limpieza? Cuando alguna amiga nos cuenta que su pareja cocina o limpia le decimos: «qué suerte» (a veces, lo que realmente significa es «qué envidia»). Y si indagamos un poco, en muchos casos (ojo, no en todos) nos encontraremos con que hay una larga guerra detrás de esa victoria. Batallas dialécticas, llantos ahogados, indirectas inútiles, directas demasiado directas, ¿no estás exagerando un poco?, no te importo, ¿cómo te atreves?, a partir de ahora va a ser distinto. Y, a veces, al final, por fin, un acuerdo duradero.

Si el perrete puede poner la lavadora, tú también

Si el perrete puede poner la lavadora, tú también

Para mí, la batalla más dura ha sido y es la cocina («Yo tampoco sabía cocinar —le digo siempre a mi adorado novio—, y he aprendido. ¿Por qué no puedes aprender tú, leñe?» Pues no, no puede. Por cierto, si alguien se entera de un curso de cocina nivel 0 en Alicante que no sea muy caro, que me lo diga). Sin embargo, las tareas de la limpieza las puede hacer cualquiera (otra cosa es la voluntad de cada uno). Sólo hay que coger la escoba y el mocho. Pero qué difícil es conseguir que un hombre note siquiera que hace falta limpiar. A veces, la solución es poner un horario, una rutina fija de limpieza. En mi caso, después de muchos intentos por conseguir lo anterior, la solución se llama Sole. Esas tres horas a la semana que pasa en mi casa, para mí, no tienen precio (para mi novio, sí). Desde que Sole está en nuestras vidas somos inmensamente felices. No es coña.

Mari, sin embargo, no cuenta con nadie que la ayude con las tareas de la casa. Prefiere hacerlas ella y ahorrarse ese dinero, que tanto a ella como a su marido les cuesta lo suyo ganarlo. Tampoco tiene ayuda en la mercería, por lo que si en algún momento tiene que salir, la tienda se queda cerrada. Seguramente también sea ella la que se ocupe de llevar a su hijo al médico o de hablar con sus profesores.

Verdad verdadera

Verdad verdadera

Y ahora es cuando yo me pregunto: ¿qué estamos haciendo mal? ¿Por qué ensalzamos la figura de la mujer que se deja la piel llevando absolutamente todo lo que tiene a su alrededor? ¿Por qué nos cuesta tanto a las mujeres pedir ayuda? ¿Y por qué no podemos poner a nuestras parejas en su sitio? ¿Por qué nos parece de «señoritos» que alguien nos ayude con la limpieza de nuestra casa? ¿No podríamos gastar parte de nuestro dinero en «subcontratar» las tareas que menos nos gustan o que peor se nos dan? ¿Realmente necesitamos todos esos caprichos? ¿Por qué no nos damos cuenta de que el dinero que ganamos es para gastarlo, si es posible, en cosas que nos hagan ser más felices, a nosotros y a nuestra pareja? Y si no, ¿tanto cuesta repartirse las tareas, c*j*nes?

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En tres años, la única ocasión en la que he cogido la plancha. Todo un acontecimiento.

Por supuesto que no todo el mundo tiene estos problemas ni todos los hombres son unos vagos, pero hoy quería compartir con vosotros estas preocupaciones y no otras, con la esperanza de haceros pensar un poco en cuánto ponemos de nuestra parte para que el lugar en el que vivimos sea más agradable y justo, y las personas con las que lo compartimos sean más felices. Seguro que, por mucho que hagamos, podemos hacer un poco más. Os puedo asegurar que los resultados compensan con creces el sacrificio.

¡Feliz Navidad y próspero año nuevo para todos!

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