La traducción o la vida

De prioridades, dilemas, aciertos y equivocaciones

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Gestión del tiempo: ¡aquí hay tomate!

Como sabéis, queridos lectores, conseguir una gestión más eficaz del tiempo es una de mis obsesiones vitales, y una de las técnicas que (para mi gusto) mejor lo consigue es la archifamosa Pomodoro.

A los que no la conocéis, os diré que se basa en la aplicación de descansos de 5 minutos por cada 25 minutos de trabajo, con un descanso más largo de 15 minutos cada 4 períodos de trabajo. Debe su nombre a esos relojes avisadores que hay en casi todas las cocinas del mundo. Se conoce que en la casa del inventor de este método el que había tenía forma de tomate. Podéis investigar más sobre el origen del pomodoro, su inventor, etc., pero a mí lo que me interesa es su aplicación práctica, así que vamos a ello:

¿Por qué creo que el pomodoro es el mejor amigo del autónomo?

PomodoroAunque es una técnica muy interesante para cualquiera que haga un trabajo intelectual, el autónomo que trabaja en casa es la mejor “presa” para el pomodoro. Evita la fatiga intelectual, visual, postural y vital que produce estar horas y horas delante de un ordenador pero, además, nos permite ir adelantando esas “cosillas” que siempre hay que hacer por casa. Eso sí, hay que ser disciplinado, porque es muy fácil ignorar al relojito o decir “en cuanto acabe esto” y, de repente, darte cuenta de que han pasado dos horas.

Si por el nivel de concentración que requiere nuestra tarea o cualquier otro motivo los intervalos se nos hacen demasiado cortos, podemos juntar dos pomodoros y hacer un descanso más largo, o podemos cambiar por completo los períodos de trabajo y descanso pero, si queremos que sea efectivo, debemos mantener la filosofía del método, haciendo descansos regulares.

Yo sigo los períodos estándar, pero cuando trabajo con alguien más suelo juntar dos (se pasa el tiempo más rápido). Los días que tengo trabajo de traducción no me cuesta aplicar las pausas, porque uso Trados y me es muy fácil encontrar el punto en el que parar. Sin embargo, cuando me estoy peleando con alguna página web o con las redes sociales, se me va el tiempo sin sentir. Y ahí es donde entra la funcionalidad de la aplicación que usemos para gestionar nuestros pomodoros:

¿Qué pomodoro usar?

Disponibles hay infinidad, tanto de escritorio como para el móvil.

Yo he probado muchos (incluso un día probé a usar el relojito de verdad, pero hacía demasiado ruido), y al final me he quedado con Clockwork Tomato. A todos los demás les he encontrado pegas, pero este me ha convencido porque, además de ser totalmente configurable y funcionar bien (parece una obviedad pero no, no lo es), avisa cada 3 minutos cuando ignoras el cambio de ciclo. Me viene genial cuando estoy tan metida en la tarea que no me doy cuenta de que ha sonado.

Por supuesto, la gestión eficaz del tiempo no sólo depende del pomodoro, ni siquiera está en nuestra mano en muchas ocasiones, pero creo que tener un buen pomodoro es imprescindible

Un momento, que me toca descanso…

para ser más productivos y, a la larga, mucho más felices, porque aprovechar mejor nuestro tiempo de trabajo hará que podamos disfrutar de más tiempo libre (o ganar más dinero en el mismo tiempo, eso ya cada uno).

¿Qué hago en los descansos?

maxNo vale usar los descansos para ver las redes sociales o jugar al Candy Crush. El típico “es que me relaja” no vale, porque de lo que se trata es de levantarse de la silla y descansar la vista, además de la mente. Podemos aprovechar los descansos para hacer estiramientos, pero yo siempre aprovecho para fregar, hacer la cama, limpiar el baño del gato (cuanto más trabajo tengo más limpia está mi casa, Mari) o salir a la terraza a regar las plantas, que además viene muy bien para que me dé un poco de solete alicantino. Y un planazo es siempre achuchar a mi gato.

Yo intento sentarme a trabajar nada más terminar de desayunar o comer y aprovecho el primer descanso para lavarme los dientes, el segundo para recoger la mesa… Es un pelín guarrada, pero me funciona, porque si me pongo a recoger antes de trabajar, ya que estoy friego, ya que estoy limpio la cocina, barro, pongo una lavadora…

¿Hay otras alternativas?

Por supuesto. Hay un método natural y sanísimo que consiste en beber mucha agua. Claro, a cada ratito tienes que levantarte sí o sí para ir al baño 🙂 (éste es de un profesor de la universidad). Yo no lo hago porque mis riñones están en plena forma y si bebiera agua mientras trabajo, directamente no podría trabajar.agua

Otro método (by @xosecastro) consiste en levantarse sistemáticamente cada vez que te llamen por teléfono y aprovechar para relajar los ojos. Claro, si no te suelen llamar mucho, ésta no funciona.

En cualquier caso, la mejor receta para conseguir mayor productividad es no agotarse, tanto en el corto como en el medio y largo plazo. Cada uno tenemos nuestros trucos y los que sirven para unos no tienen por qué servir para otros. ¿Cuál es el vuestro?

Pánico en el Dropbox

Sí, señores: PÁNICO. Eso es lo que se siente cuando pierdes un archivo. Todos vosotros lo sabéis, ya sea porque os ha pasado alguna vez (Dios no lo quiera) o porque, simplemente, os lo imagináis. Evidentemente, cuanto más grande es el archivo perdido, mayor el pánico, si es que dentro del estado de pánico puede haber niveles.

Dropbox

No sabría vivir sin él…

Os voy a contar lo que me pasó: yo tengo todos mis archivos de trabajo en Dropbox. Cuando hago juradas, uso una plantilla que, haciendo gala de la originalidad que me caracteriza, llamo “Plantilla.docx”, y que contiene lo que invariablemente lleva una jurada (los márgenes, el juramento, la fecha, etc.). Mi método es abrir la plantilla y guardarla con el nombre del fichero que voy a traducir y, a partir de ahí, ir sobreescribiendo éste último. Brillante. Salvo que, la semana pasada, olvidé guardar la traducción “A” con el nombre correspondiente y fui guardando sobre “Plantilla”. Hasta ahí, ningún problema. El intríngulis vino cuando, al día siguiente, cogí “plantilla” para empezar con el siguiente documento y, viéndola llena con la traducción anterior, borré todo lo que no se correspondía con su título y guardé. Mira tú qué bien. Y seguí trabajando.

Pánico

Desahogarse no viene mal

Horas (¡HORAS!) más tarde, revisando el trabajo hecho en todo el día, me doy cuenta de que la traducción “A” no está por ninguna parte (flashback: yo borrando todo el contenido del fichero y dejando sólo la parte de platilla). Pánico. Llanto desconsolado. Respiración profunda, contar hasta 10. Mirar en internet cómo recuperar versiones anteriores de documentos Word. Probar y que no sirva de nada. Más llanto. Golpes en la mesa. Bronca con el novio por no ser capaz de consolarme como Dios manda, y nada más que intentar darme soluciones, cuando yo lo que necesito es comprensión. Hombres… no entienden nada.

Versiones Dropbox

Y con esto me encontré. ¡Bendita la hora!

¿Y qué descubrió mi media naranja, para mi asombro y admiración infinita hacia su persona? ¡Que Dropbox tiene un historial de versiones! No como Word, que sólo guarda los archivos que no se grabaron correctamente, sino todo lo contrario: un historial de cada una de las guardadas, si me permitís la expresión. Botón derecho en el archivo, “Ver versiones anteriores”. Y allí estaba, como si no hubiera pasado nada, la versión de la tarde anterior, esperando a ser recuperada, salvada, en el sentido menos informático de la palabra. ¡Bendito Dropbox! Beso el suelo por donde pisa el genio al que se le ocurrió que podrían mantenerse las versiones anteriores, por si acaso.

Lástima tener que admitir que para esto de la informática, al menos yo, a pesar de mi título de programadora y todo, sigo necesitando el temple y la infinita sabiduría de mi chico, santo varón. Gracias, Antonio. Gracias, Dropbox.

La vida antes de internet

Cuando empecé la carrera, allá por el año 2002, no existían Facebook ni Twitter, ni los traductores tenían blogs, pero sí existía internet (no soy tan mayor, uff…). En el primer cuatrimestre de mi lustrosa carrera, si no recuerdo mal, teníamos Documentación Aplicada a la Traducción, que giraba, al menos en la Universidad de Alicante y en el año 2002, en cómo hacer una buena referencia bibliográfica. Nos dieron algunas pautas para buscar en motores de búsqueda (valga la redundancia) y no recuerdo nada más. Sinceramente, un petardo. En el segundo cuatrimestre, cuando nos metimos en materia de verdad, al comenzar a traducir, el profesor nos explicó lo importante que era documentarse para poder traducir cualquier tipo de texto, y fue entonces cuando pudimos comprobarlo: había que buscar no sólo (sí, me resisto) en diccionarios, sino también en enciclopedias, periódicos, publicaciones especializadas… si queríamos que nuestra traducción fuera de una calidad al menos parecida a la del original.

Esta ardua tarea, ninguna tontería, no nos suponía tanto esfuerzo a los que teníamos a mano un ordenador con conexión a internet, lo que me hizo pensar, por primera vez, en lo jod**a que sería la vida del traductor ANTES DE INTERNET. ¿Cuánto tiempo dedicaba a estudiar el texto en casa antes de ir a la biblioteca? ¿Cómo narices sabía en qué libro debía mirar cada término? ¿Y cómo lo buscaba en la biblioteca? ¿Cuántos libros consultaría antes de dar con la respuesta que estaba buscando? ¿Cuántas veces se levantaría de su puesto cada hora? ¿Cuántas palabras podría traducir al día? ¿Sería esa una pregunta que hicieran a los traductores antes de existir internet?

Una cosa tengo clara: estos señores traductores pre-internet, muchos de ellos cualquier cosa menos traductores de carrera, eran infinitamente más sabios que nosotros. Tenían que serlo, pues buscar cualquier duda les suponía una cantidad de tiempo que no podrían permitirse perder. La adaptación al medio, señores. Yo soy de esas que sólo aprende (o aprendía) vocabulario para los exámenes (mi cerebro no me deja llenarlo con cosas que puedo buscar en segundos), así que ya podéis imaginaros la admiración que despiertan en mí estos sabios de los que hablaba. Grandiosos.

Sin embargo, el cambio que ha supuesto internet para los traductores no se queda ahí. La inmediatez con la que se reciben, traducen, corrigen y envían los trabajos a las agencias y clientes en general no puede compararse en absoluto con cómo se haría antes de existir el correo electrónico, para bien y para mal.

En el caso de una agencia de hoy en día, el tiempo que se tarda en recibir un encargo por parte de un cliente y remitírselo a un traductor pueden ser 5 minutos, si el cliente es habitual (y, por tanto, no pide un presupuesto previo) y el texto que envía no es muy largo y está en un formato editable. En este caso, también podríamos tener claro qué traductor es el que suele trabajar para este cliente. Se archiva el texto original, se examina por si hay alguna duda y se envía al traductor por correo electrónico. Lo dicho, 5 minutos. Este tiempo puede demorarse hasta las varias horas si no se cumplen las anteriores condiciones, claro, pero nunca podría llegar hasta los 5 ó 6 días que podría tardar en llegar el texto desde el cliente hasta el traductor si no existiera el e-mail, contando con los dos envíos que hay en el proceso.

Esto me hace plantearme, incluso, si antes de internet existían las agencias de traducción… Desde luego, no podían tener mucho que ver con lo que son hoy en día.

En las agencias, a día de hoy, los presupuestos deben prepararse en segundos, los correos deben contestarse en cuestión de minutos y las traducciones deben estar listas y revisadas en unas pocas horas (dos días a lo sumo, salvo, claro está, grandes volúmenes). Para que esto sea posible, se han tenido que desarrollar tantas herramientas que no creo que nadie que tuviera (o trabajara en) una agencia antes de la existencia de internet, pudiera siquiera imaginar lo que le deparaba el futuro a su sector.

Para que os hagáis una idea, a parte del correo electrónico, hay varias herramientas informáticas que se hacen indispensables en las agencias de traducción contemporáneas: por supuesto, al menos una CAT, para poder mantener memorias de traducción y bases de datos terminológicas para cada cliente; un programa tipo Contaplus, con el que llevar la contabilidad; un CRM (Customer Relationship Management); un calendario, y un gestor de proyectos. Eso como poco. Gracias a Dios, hay personas inteligentes en el mundo, y hay productos en el mercado que incorporan varias de estas funcionalidades. Sin embargo, no creáis que es fácil encontrar un producto que aúne todos estos menesteres. Y, como todos os habréis dado cuenta, si no lo tienes todo en uno, no lo puedes tener sincronizado, por lo que nunca sabes qué datos son los más actuales.

Si no habéis trabajado en una agencia, dudo que podáis haceros una idea de lo complicado que es saber qué se ha recibido, cuándo, de quién, para cuándo lo necesita, a quién se le ha enviado, si lo ha terminado ya, si se ha revisado, si se le ha enviado al cliente, si ha habido algún cambio, si hay traducciones anteriores parecidas… Son demasiadas cosas para la mente humana. E imaginaros si todas estas cosas se llevan entre varias personas… El caos. Por eso, las herramientas anteriores se hacen absolutamente imprescindibles si se quiere dar un servicio de calidad y en el tiempo que el cliente espera.

Aún hoy, hasta donde mi conocimiento alcanza, no hay en el mercado (muchas agencias tendrán uno, pero hecho a medida —o que cueste los ojos, los riñones, el hígado…) ningún programa que reúna TODAS las características que requiere una agencia de traducción (por favor, si os enteráis de alguno, decídmelo). Imaginemos todos cómo era la vida antes de los ordenadores personales y, sobre todo, de internet. Sinceramente, creo que era más plácida y requería de mucha más tranquilidad y sabiduría, aunque también más rígida e inflexible, claro.

Como siempre digo, todo tiene su parte buena, y su parte mala. Pero os lanzo una pregunta: si pudierais elegir, ¿en qué era preferiríais traducir: en la era pre-internet o en la actualidad?

Trados y el HTML

¡Hola a todos mis adorados lectores!

Hoy quería hablaros de la traducción de archivos HTML con Trados o con cualquier otro programa TAO. Y diréis: ¿a estas alturas? Pues sí, porque el otro día me llegó trabajo de una agencia (tres archivos HTML pequeñitos y que se podían “traducir muy bien con Trados”) y resultó que el trabajo se complicó y mucho.

La complicación vino, como no podía ser de otra manera, al usar Trados. Si hubiera seguido mi instinto de programadora y hubiera abierto el archivo con un editor de código fuente, nada de todo lo que os voy a contar hubiera pasado.

Lo que pasó fue que nuestro querido Trados:

  1. insertó líneas de código inútiles
  2. se cargó parte del código original
  3. decidió (mal) qué partes del archivo eran traducibles y cuáles no
  4. sustituyó sin consultarme (qué falta de educación) los “caracteres conflictivos” (letras acentuadas, caracteres especiales, etc.) por las entidades HTML correspondientes

Las dos primeras son gravísimas, pero muy fácilmente entendibles, por lo que me explayaré con las dos últimas, cuyas consecuencias paso a mostraros en este pequeño extracto de la traducción resultante:

“<p>Las herramientas necesarias son:</p> <ul> <li>Taladro percutor</li> <li>Destornillador”

Vamos, que se entendía estupendamente (insertar tono irónico).

¿Y por qué se veía así, si los navegadores web entienden el estándar? El problema fue qué parte del código entendió Trados como “traducible”. Para que comprendáis a qué me refiero, os debo poner un ejemplo, pero como no puedo poner el texto que traduje (confidencialidad, ya lo sabéis), os pongo como ejemplo parte del código de la sección “tarifas” de mi página web:

<p>
<?php if($language == “EN”) {
echo ‘The prices here detailed can change in special cases. <br /> For a personalized estimate, please ‘;
echo ‘<a href=”main.php?pagina=contacto&language=EN” target=”_self”>contact</a>’;
echo ‘ us and we will inform you without obligation.’;
} else {
echo ‘Las tarifas detalladas a continuación pueden variar en casos especiales. <br />
Para un presupuesto personalizado, por favor, ‘;
echo ‘<a href=”main.php?pagina=contacto&language=ES” target=”_self”>contacte</a>’;
echo ‘ con nosotros y le informaremos sin ning&uacute;n compromiso.’; //Español por defecto
}
?>
</p>

Como podéis ver, dentro del párrafo (<p>), hay código PHP (marcado con “<?php” al inicio, y “?>” al final). Dentro del código PHP hay tanto texto traducible (“The prices here detailed…”, etc.) como instrucciones, que no aparecerán en pantalla. Bien, pues si le das ese archivo a Trados, entenderá como traducible lo siguiente (en realidad, se hace un lío morrocotudo, porque Trados no entiende PHP, pero para que nos entendamos):

if($language == “EN”) {
echo ‘The prices here detailed can change in special cases. <br /> For a personalized estimate, please ‘;
echo ‘<a href=”main.php?pagina=contacto&language=EN” target=”_self”>contact</a>’;
echo ‘ us and we will inform you without obligation.’;
} else {
echo ‘Las tarifas detalladas a continuación pueden variar en casos especiales. <br />
Para un presupuesto personalizado, por favor, ‘;
echo ‘<a href=”main.php?pagina=contacto&language=ES” target=”_self”>contacte</a>’;
echo ‘ con nosotros y le informaremos sin ning&uacute;n compromiso.’; //Español por defecto
}

Es decir, todo lo que hay dentro de las etiquetas PHP. Trados, de esa forma, entenderá que caracteres como “<” o “&” deben aparecer tal cual, por lo que los sustituirá por su entidad HTML correspondiente, quedando la traducción hecha un cisco, como la de arriba. Esto puede evitarse cambiando la configuración de Trados, en este caso, de los archivos HTML (esta configuración se encuentra, en Studio 2009, en el menú “Herramientas”, “Opciones”, “Tipos de archivo”, “HTML”). Como veis en la imagen, la casilla “Convertir entidades” (en la parte superior) no está marcada, con lo que Trados no sustituirá esos caracteres conflictivos de los que hablábamos antes. Si, por el contrario, deseáis que Trados se ocupe de estas entidades, marcad la casilla y, en la lista inferior, marcad los juegos de caracteres con los que soláis trabajar.

De todas formas, el hecho de insertar las entidades HTML en lugar de los caracteres no ASCII es bueno (y mucho), siempre que se haga donde debe hacerse, así que lo que os recomiendo es que aprendáis un poco de programación web (y de la que no es web, también), para poder detectar este tipo de problemas y no estar vendidos al criterio de Trados (repito: o cualquier otro programa TAO) y a sus lagunas.

Para introduciros un poco en el mundo de la programación web, podéis hacer algún cursillo (como los que ofrece el INEM o cualquier academia) o, si sois más de hacerlo en casa, echarle un ojo a este curso de TranslatorsCafé, en inglés, especialmente pensado para traductores. ProZ también ofrece un vídeo sobre este tema al precio de 12 € (no lo he hecho, así que no puedo deciros si merece la pena o no). Y para consultas más puntuales, os recomiendo w3schools, donde no sólo encontraréis informacón sobre HTML, sino sobre casi todos los lenguajes de programación web, como PHP, Java o scripts.

Lo ideal, desde mi experiencia, es que el traductor (una vez entienda algo de programación) abra el archivo, en primer lugar, con un editor de código fuente (os recomiendo Notepad++, gratuito) y vea lo que realmente ha recibido. Así, se dará cuenta de qué partes deben traducirse y a qué problemas puede enfrentarse. Si cree que su TAO no tendrá problemas en entender ese archivo, puede traducirlo con él, sobre todo con la intención de almacenar las unidades de traducción en la TM (en este caso será muy recomendable dar un repaso en el editor al archivo traducido final, no vaya a ser que nuestro amado Trados haya añadido o eliminado algo). Por el contrario, si considera que será un archivo problemático para su programa TAO, puede hacer una copia y traducir directamente sobre el código, guardando el texto original y las traducciones en otro soporte (por ejemplo, un archivo de Word) y alineando los textos después para guardarlos en TM.

También debéis tener en cuenta que, sobre todo si trabajáis con agencias, os darán sólo parte de los archivos que forman la página web o el programa que estéis traduciendo, por lo que es muy posible que os falten archivos imprescindibles para ver cómo queda finalmente la traducción (sobre todo en cuanto a formato), como son las hojas de estilo o las plantillas.

En conclusión, no le tengáis miedo a la informática ni a los informáticos (esos frikis que nos salvan la vida cada día). La programación sólo es un idioma más (con muchos dialectos), y estáis más que capacitados para entenderla, aprenderla y aplicarla. Y cuando lo consigáis (los que no lo hayan hecho ya), os vais a sentir los amos del mundo.

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