La traducción o la vida

De prioridades, dilemas, aciertos y equivocaciones

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Historias de barrio: conciliación

Aquí dos familias reunidas

Una cena navideña cualquiera

En estas fechas navideñas de amor, solidaridad, cariño desmedido y buenos propósitos, me ha dado por llamar la atención sobre un tema harto conocido y comentado hasta la saciedad en las tertulias marujiles: lo difícil que es conciliar trabajo y casa (y si es familia, ni te cuento). A ver si este año nuestros «mariditos» (o lo que tenga cada una) se ponen las pilas y nos hacen la vida un poco más fácil.

Una, que trabaja desde casita y que vive en un barrio de esos «de toda la vida», tiene la ventaja de poder ir a los comercios cuando más mola: por las mañanicas, con las señoras. A esas horas, no suele haber mucha afluencia de público, lo que permite entablar animadas conversaciones con los dependientes. Y yo, que hablo con las piedras, encantada de la vida.

Una de esas conversaciones que empiezan de la forma más tonta y acaban en confesiones casi íntimas fue la que tuve el otro día con la chica de la mercería, Mari, que está a punto de dar a luz a su segundo hijo y que me informó de que se iba a cambiar de local, a uno mucho más grande y mejor situado. «¡Qué maravilla! —le contesté—. Eso es que te va muy bien.»

hombre embarazado

¿Os imagináis?

Y claro que le va bien, pero no sin muchos sacrificios. Para empezar, está claro que ningún hombre puede embarazarse, dar a luz ni dar el pecho para liberar a su mujer de estas tareas. No es, por tanto, nada que pueda reprochárseles, pero el hecho es que nuestra protagonista se enfrentaba a una obra, la tramitación de una licencia de apertura, un traslado y la promoción de un nuevo local justo en el momento de dar a luz y en las semanas posteriores, sin que nadie pudiera liberarla de esa carga. Las oportunidades se presentan cuando se presentan, normalmente en el peor momento posible.

Eso sí, Mari se apaña muy bien: utiliza los medios días (cuando su hijo mayor está en el comedor) para adelantar cosas de su casa (la compra, la limpieza, etc.) o para agilizar trámites referentes al nuevo local. Su marido, que trabaja por cuenta ajena, come en casa y es ella la que prepara la comida, así que imaginemos el tiempo que tiene para descansar: ninguno. Por las tardes, se queda en la tienda hasta las 20-20:30 y, cuando llega a casa, se encuentra con que, aunque su marido hace rato que ha llegado de trabajar, es ella la que tiene que preparar la cena.

¿En una relación heterosexual, por qué somos las mujeres las que, por defecto, nos ocupamos de la comida y de la limpieza? Cuando alguna amiga nos cuenta que su pareja cocina o limpia le decimos: «qué suerte» (a veces, lo que realmente significa es «qué envidia»). Y si indagamos un poco, en muchos casos (ojo, no en todos) nos encontraremos con que hay una larga guerra detrás de esa victoria. Batallas dialécticas, llantos ahogados, indirectas inútiles, directas demasiado directas, ¿no estás exagerando un poco?, no te importo, ¿cómo te atreves?, a partir de ahora va a ser distinto. Y, a veces, al final, por fin, un acuerdo duradero.

Si el perrete puede poner la lavadora, tú también

Si el perrete puede poner la lavadora, tú también

Para mí, la batalla más dura ha sido y es la cocina («Yo tampoco sabía cocinar —le digo siempre a mi adorado novio—, y he aprendido. ¿Por qué no puedes aprender tú, leñe?» Pues no, no puede. Por cierto, si alguien se entera de un curso de cocina nivel 0 en Alicante que no sea muy caro, que me lo diga). Sin embargo, las tareas de la limpieza las puede hacer cualquiera (otra cosa es la voluntad de cada uno). Sólo hay que coger la escoba y el mocho. Pero qué difícil es conseguir que un hombre note siquiera que hace falta limpiar. A veces, la solución es poner un horario, una rutina fija de limpieza. En mi caso, después de muchos intentos por conseguir lo anterior, la solución se llama Sole. Esas tres horas a la semana que pasa en mi casa, para mí, no tienen precio (para mi novio, sí). Desde que Sole está en nuestras vidas somos inmensamente felices. No es coña.

Mari, sin embargo, no cuenta con nadie que la ayude con las tareas de la casa. Prefiere hacerlas ella y ahorrarse ese dinero, que tanto a ella como a su marido les cuesta lo suyo ganarlo. Tampoco tiene ayuda en la mercería, por lo que si en algún momento tiene que salir, la tienda se queda cerrada. Seguramente también sea ella la que se ocupe de llevar a su hijo al médico o de hablar con sus profesores.

Verdad verdadera

Verdad verdadera

Y ahora es cuando yo me pregunto: ¿qué estamos haciendo mal? ¿Por qué ensalzamos la figura de la mujer que se deja la piel llevando absolutamente todo lo que tiene a su alrededor? ¿Por qué nos cuesta tanto a las mujeres pedir ayuda? ¿Y por qué no podemos poner a nuestras parejas en su sitio? ¿Por qué nos parece de «señoritos» que alguien nos ayude con la limpieza de nuestra casa? ¿No podríamos gastar parte de nuestro dinero en «subcontratar» las tareas que menos nos gustan o que peor se nos dan? ¿Realmente necesitamos todos esos caprichos? ¿Por qué no nos damos cuenta de que el dinero que ganamos es para gastarlo, si es posible, en cosas que nos hagan ser más felices, a nosotros y a nuestra pareja? Y si no, ¿tanto cuesta repartirse las tareas, c*j*nes?

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En tres años, la única ocasión en la que he cogido la plancha. Todo un acontecimiento.

Por supuesto que no todo el mundo tiene estos problemas ni todos los hombres son unos vagos, pero hoy quería compartir con vosotros estas preocupaciones y no otras, con la esperanza de haceros pensar un poco en cuánto ponemos de nuestra parte para que el lugar en el que vivimos sea más agradable y justo, y las personas con las que lo compartimos sean más felices. Seguro que, por mucho que hagamos, podemos hacer un poco más. Os puedo asegurar que los resultados compensan con creces el sacrificio.

¡Feliz Navidad y próspero año nuevo para todos!

Gente maja a más no poder

Hace unas semanas, recibí un encargo de esos que me encantan a mí: la traducción EN>ES del manual de una escafandra de buceo. Me gustan este tipo de trabajos porque me permiten descubrir «mundos» que, de otra manera, quizás ni siquiera me plantearía que existen. Lo que no sabía es que, además de aprender, estos encargos te permiten conocer gente estupenda, que ama tanto lo que hace que no tiene reparo en utilizar su tiempo en ayudarte, aunque sea a cambio de nada. ¡Ay, si el mundo se llenara de gente maja, qué distintas serían las cosas!

Cuando digo "escafandra" os imagináis esto, ¿a que sí?

Cuando digo “escafandra” os imagináis esto, ¿a que sí?

Para empezar, querría explicaros que una cosa es el buceo recreativo (el de «ver pececitos»), otra es el técnico (inmersiones un poco más complicadas, como por ejemplo en cuevas, en las que las medidas de seguridad son muy importantes) y luego está el buceo profesional que es, como su propio nombre indica, una actividad laboral (recoger muestras, algas, etc.; hacer perforaciones, obras o drenajes…). Cuando este último tipo de inmersiones se prolongan en el tiempo o se hacen a mucha profundidad (o ambas cosas), se requiere el uso de la escafandra, lo que permite al buzo recibir aire por un cable desde la superficie y, así, evitar tener que cargar con tantas botellas de aire comprimido.

Hasta aquí todo bien, pero resultó que el nivel de especialización del texto sobrepasaba mis capacidades documentales, con lo que necesité consultar a expertos. Pero, ¿cómo narices encuentro yo a alguien que haya buceado alguna vez con escafandra y que, además, sepa cómo se llama cada pieza, cada procedimiento? Muy complicado, oigan.

Pero nada hay imposible para una traductora cabezota. Una, que tiene muchos contactos, conoce a un buzo profesional, Abraham, pero resultó que no tiene internet en su casa (vive en Asturias), así que me resultaba muy, muy difícil preguntarle mis dudas por teléfono, sin el apoyo de las fotografías y sin poder enseñarle el contexto, así que él, más majo que todas las cosas, me dijo que buscaría algún colega que anduviera por mi tierra para que me echara un cable. ¡Qué maravilla! Les debo un gintonic.

Pues es este casquito tan moderno el que tiene la culpa...

Pues es este casquito tan moderno el que tiene la culpa…

Mientras tanto, una amiga me comentó que había una escuela de buceo (GISED) en la Albufereta de Alicante y que, creía, uno de los que la llevaban era buzo profesional. Allá que me voy con mi portátil y mi lista de dudas. Me encuentro que no hay nadie, porque están en una inmersión, pero vuelven en seguida. Con mi mejor cara de corderito, le comento al chico (Alfonso) mi problema, creyendo que me iba a mandar a freír espárragos, pero, para mi sorpresa, ¡estuvo encantado de ayudarme!

Me enseñó las instalaciones y los equipos que usan y, aunque no es buzo profesional, se pasó dos horas (¡dos horas!) conmigo solucionándome dudas. Incluso, cuando vio que había cosas que se le escapaban, llamó por teléfono a otros miembros del club. Uno de ellos, Agustín, incluso echó mano de un manual que tenía en casa para solucionarme algunas preguntas. Vamos, que beso el suelo por el que pisan. Y les debo una cerveza.

Aunque me llevó bastante tiempo hacer todos los cambios y mejoras que me propusieron (tanto que no me dio tiempo a quedar con el amigo de Abraham), creo que finalmente quedó un manual estupendo.

De esta guisa me imagino cuando traduzco cosas de buceo

De esta guisa me imagino cuando traduzco cosas de buceo

No era la primera traducción de este ámbito que hacía, pues hace ya unos meses, tuve que traducir el manual de un «jacket» (ese chaleco en el que va anclado todo lo que necesita un buzo). Me encontré con un término que no conseguía encontrar en español y, siguiendo mi costumbre de preguntar antes que nada, llamé a una tienda especializada, donde un amabilísimo muchacho llamado Ricardo, al que le debo un café, me solucionó la papeleta en cero coma.

Así que, después de cumplir con todas las invitaciones que tengo pendientes (que no son pocas), creo que me voy a hacer el curso de buceo, ¿no? En GISED, por supuesto. El buceo me ha dado mucho y ya es hora de que yo se lo devuelva.

Adaptarse

En el periódico de San Vicente

En el periódico de San Vicente

Hace unos días participé en un curso para emprendedores organizado por Jovempa (Asociación de Jóvenes Empresarios de Alicante). Hasta salimos en el periódico, jejeje. El curso ocupaba 4 mañanas, y cada día se trataba un tema diferente (plan de empresa, fiscalidad, subvenciones y propiedad intelectual), todos interesantísimos. No os quiero aburrir con los detalles que nos explicaron allí, pues me daría casi para un libro, sino que más bien quiero hablaros de una impresión con la que me quedé: muchos de los allí presentes QUERÍA emprender, sino que se sentían OBLIGADOS a hacerlo, pues no tenían esperanza de encontrar trabajo por cuenta ajena.

Y cuando tenemos seguridad, ¡a vivir la vida loca!

Y cuando tenemos seguridad, ¡a vivir la vida loca!

Como nosotros, los traductores, ya salimos de la carrera intuyendo que nuestro futuro profesional pasa por ser autónomos (aunque entiendo que esta situación no es la más normal en España), me dio por pensar en lo difícil que debe de ser plantearse crear una empresa para todas esas personas cuyo objetivo en la vida es conseguir estabilidad y seguridad, más que las aventuras y desventuras propias de un empresario (que los autónomos lo somos, no os olvidéis).

Pelis para niños con mensajes para adultos

Pelis para niños con mensajes para adultos

Ayer vi la película Los Croods (que me gustan a mí las pelis para niños, ¿qué pasa?). Para los que no lo sepáis, trata de una familia de cavernícolas que viven la desintegración de Pangea en diferentes continentes; todo el día enfrentándose a terremotos, erupciones volcánicas… Claro, todo exageradísimo, pero para el caso es igual: se ven obligados a olvidarse de las reglas que, hasta entonces, les habían mantenido a salvo, e incluso a renunciar a vivir en una caverna: su refugio, su hogar. Deben adaptarse a la nueva situación con la que se encuentran.

Me acordé de todas esos compañeros que se ven obligados a convertirse en empresarios, y me di cuenta de que la grandeza del Ser Humano es precisamente esa: el haber sido capaces, a lo largo de nuestra Historia, de ADAPTARNOS a todos los cambios con los que nos hemos ido encontrando. Y fui un paso más allá: las Revoluciones (la Francesa, la Industrial, la Tecnológica, de la que todos nosotros hemos sido testigos) y las crisis (esta en minúscula, ¿eh?) no son más que dos caras de una misma moneda: son los resortes del cambio, y tan traumático resulta el cambio devenido de una Revolución como el de una crisis. ¿O es que no sufrió la nobleza la Revolución Francesa? ¿No sufrieron los obreros la Revolución Industrial? ¿No han sufrido muchos trabajadores estos últimos años al verse obligados a cambiar por completo su forma de trabajar, incorporando las nuevas tecnologías, si no querían verse en la calle? Evidentemente, nos sentimos más identificados, o nos solidarizamos más, con unos grupos que con otros, pero en todo caso son PERSONAS las que han tenido que adaptarse… o morir (en algunos casos, sí, literalmente).

Por eso, quiero hacer un llamamiento más al optimismo. Crisis es oportunidad. Qué original. Pero es del todo cierto. Emocionémonos porque estamos siendo testigos y artífices, muchos sin darse cuenta, de un cambio de Era. Si nos dejamos arrastar por el pesimismo, ese cambio será sin duda a peor; pero si cogemos el toro por los cuernos y aprovechamos esta oportunidad que nos brinda la Historia para cambiar el mundo, cada uno en la medida de sus humildes posibilidades, tened por seguro que algo muy bueno saldrá de todo esto.

Y, sí, no soy ni la primera ni la última que suelta este discurso pero, como es lo que pienso, no me quedo sin decirlo. ¡Hombre, ya!

Fiebre formativa

Como ya sabéis, mi mayor problema en el mundo es compaginar mi actividad profesional (la traducción) con la personal (en resumen, la vida), y llevo bastantes meses avanzando mucho en este sentido (aplausos). aplausosGracias, gracias. Lamentablemente, algo o alguien ha de verse afectado en este ajuste (no, este no es un recorte, sino un ajuste de verdad) y en este caso ha sido éste, mi muy querido blog. Bueno, y Twitter también, que lo tengo abandonaíco. Qué le vamos a hacer, no se puede tener todo en la vida.

Sin embargo, no todo ha sido traducir. He acudido a varios de estos saraos tan chulos que organizamos los traductores (el ETIM 2012, el curso de coaching para traductores de Xosé Castro del pasado domingo en Alicante) pero, además, he hecho un curso online de traducción de guiones, en Escritores.org, otro de localización de software, también online, a través de Trágora formación, y un curso presencial de traducción para doblaje en Soundub formación, en Madrid, también impartido por Xosé Castro que, como bien sabéis, es omnipresente, como Dios.

No puedo estar más contenta de haber participado en todos estos cursos y saraos. He aprendido muchísimo y he conocido a gente fantástica y, sinceramente, y muy a pesar de la astenia primaveral, que me trae por la calle de la amargura, tengo ganas de comerme el mundo. Me siento preparada para lanzarme a buscar nuevos clientes (después de todo el proceso previo, Xosé, no te preocupes) relacionados con estos ámbitos que, hasta ahora, sentía que, por mucho que me gustaran, se me quedaban grandes, porque no los conocía lo suficiente.

doblajeYa he traducido mi primera aplicación para móviles, y llevo ya unas cuantas webs en mi currículum. Aún no he hecho traducción para doblaje, al menos cobrando por ello, pero me contento con la experiencia (llamadme simple, pero fue una de las cosas que más ilusión me ha hecho en la vida) de ver cómo un actor de doblaje grababa una escena que habíamos traducido todos los participantes del curso de Soundub (aquí podéis ver el resultado final: http://bit.ly/12WrwhV). Los pelos como escarpias.

¿Y vosotros, qué pensáis? ¿Creéis que hay que seguir formándose? ¿Si es así, el hecho de saber que nunca vamos a terminar de formarnos os parece agobiante o, por el contrario, estimulante?

Intermediarios

¡Hola a todos!

Como algunos sabéis, llevo casi 6 meses trabajando en una agencia de traducción, y siento la necesidad de hacer balance de lo que he aprendido.

agenciaPara una traductora autónoma como yo, las agencias son la principal fuente de trabajos, ya que la inmensa mayoría de las empresas (y también de los particulares) acuden a ellas cuando necesitan un servicio de traducción. En concreto, la agencia en la que trabajo es pequeña, y sus clientes son principalmente empresas de ámbito local (aunque tiene algunos clientes importantes a nivel nacional) y particulares que necesitan traducciones juradas de documentos oficiales diversos.

Comenzando por los particulares, hay de dos tipos básicos, como os imaginaréis: extranjeros que desean hacer algún trámite en España, y españoles que desean irse a trabajar fuera. Este tipo de clientes acude a la agencia porque no conoce a ningún traductor autónomo que le ofrezca el servicio directamente, ya que la diferencia de servicio es mínima. Eso sí, una agencia tiene un horario de atención al público (no hay que quedar con la persona en determinado sitio y hora para recoger la traducción), lo cual es más cómodo para el cliente. Además, si requiere sus servicios de nuevo, aunque no sean en la misma combinación, sabe que puede contar con ello.

Para las empresas, lo que resulta más ventajoso es la posibilidad de hacer cualquier encargo de traducción y que éste sea satisfecho en tiempo y forma, sin importar la combinación lingüística, la especialidad o el plazo. Una agencia, como todos sabéis, debe tener la capacidad de dividir el trabajo entre varios traductores y de encontrar a los más adecuados para cada proyecto, atendiendo a su especialidad, a la experiencia que tengan con ese cliente o incluso al horario de trabajo que lleven (si llega un encargo a última hora de la tarde y es para la mañana siguiente, será interesante encontrar a un traductor que suela trabajar por la noche).

Esta flexibilidad es imposible de encontrar en un traductor autónomo que, sin embargo, nos ofrece mejores precios y la posibilidad del trato de tú a tú, una ventaja importante, sobre todo si se trata de proyectos destinados al cliente de nuestro cliente (márketing, páginas web…).

Un traductor autónomo resulta ventajoso en estos casos, pues las agencias suelen ser muy opacas, en el sentido de que intentan que su cliente y su proveedor (traductor) no se comuniquen, quizás por el miedo a que, si entablan contacto, el cliente contrate directamente al traductor, sin pasar por la agencia. Esta práctica, por supuesto respetable, hace que la resolución de dudas se ralentice o incluso se minimice o elimine por completo de forma intencionada, especialmente cuando se trata de idiomas que no manejan los empleados de la agencia.

Una empresa que sea lo suficientemente previsora (que no necesite las cosas “para ayer”), y que traduzca habitualmente a los mismos idiomas, hará bien en encontrar un traductor de confianza para cada combinación, con el que tenga un trato directo y que conozca su empresa de primera mano. Sin embargo, siempre debe tenerse en cuenta que un autónomo no trabaja para un solo cliente y, por tanto, puede no estar disponible para un determinado proyecto.

En resumen, ¿cuál es la mejor opción? Desde el punto de vista del cliente, creo que las agencias ofrecen muchas ventajas, pero también creo que las empresas que colaboren habitualmente con agencias deben implicarse en los proyectos, y creo que las agencias deben tender hacia una mayor permeabilidad, permitiendo a los clientes y a los traductores colaborar estrechamente, en favor de una mayor calidad y de un mejor y más completo servicio al cliente.

¿Y los autónomos no vamos a conseguir ningún cliente final? Por supuesto que sí, pero nos interesa que sean empresas como la que he descrito antes, que nos permita a los traductores darles un buen servicio sin renunciar a nuestras horas de sueño y al resto de nuestros clientes.

Gracias a internet, los intermediarios se hacen cada vez más prescindibles, pues cualquier empresa o particular puede encontrar el traductor que necesite sin necesidad de acudir a una agencia, de forma que, en este mundo cambiante, las agencias que prosperarán y pervivirán serán aquéllas que ofrezcan un verdadero valor añadido.

Bueno, me ha quedado una entrada muy seria, de persona respetable, ¿eh? Pero es que me apasiona el tema. Espero, e incluso creo, que toda nuestra sociedad (y nuestro sector podría ser de los más avanzados) camina hacia un escenario de mayor cooperación, de competitividad sana y evolucionada, en el que cada vez el papel de cada uno esté menos definido, en el que dejemos de escuchar “ese no es mi trabajo”, y empecemos a dar lo mejor que tenemos, y obtengamos una recompensa por ello.

Hoy estoy optimista. ¿Creéis que tengo motivos?

Crónica de una charla anunciada

Jejeje, no me he podido resistir… Es que queda tan rimbombante… Parece como si fuera importante de verdad. Bueno, igual, dentro de un tiempo, se aplican en la Universidad de Alicante las propuestas que hemos hecho en estas jornadas. Si eso es así, la importancia, no sólo de mi charla, sino de todas las que han tenido lugar en el marco de este seminario, será un hecho. Pero bueno, no voy a ponerme en ese caso, porque no sé si ocurrirá o no, sino que quiero explicaros mis sensaciones durante y después (las de antes las tenéis en esta entrada) de mi charla sobre las diferencias entre la universidad y el mundo laboral.

Para los que no estuvierais allí, os quería explicar que la organización decidió que las tres primeras ponentes (la profesora Chelo Vargas, la alumna Teresa Cucarella y yo misma) hiciéramos nuestras presentaciones seguidas y que luego hubiera un turno de preguntas común (para evitar la excesiva demora que hubo en otras sesiones). Los siguientes ponentes siguieron el mismo esquema. De esta forma, Teresa y yo estuvimos sentadas en la “mesa presidencial” desde el principio de la mañana, y no se hizo descanso entre las ponencias. Así os explicaréis que, después de hora y media, servidora tuviera que salir por patas antes de su propia intervención con el único objetivo de ir al baño.

Os juro que no me escapo, fueron mis palabras. Qué le vamos a hacer, la fisiología es la fisiología.

Quería en primer lugar comentaros brevemente sobre qué trataron las anteriores ponencias: Chelo Vargas explicó cómo funcionan las asignaturas que imparte en el master on-line de Traducción Institucional, y Teresa Cucarella dio una visión crítica sobre la asignatura de Traducción económica (lo de “crítica” iba en el título, porque ella aún es alumna de la asignatura y, como todos comprenderéis, no hizo comentarios negativos).

Y después de mi escapada al excusado, entro en escena yo, con la voz algo entrecortada por la mini-carrera y con muchas ganas de decir las cosas como las pienso. Os dejo los enlaces a los vídeos de YouTube (está en dos partes) para que, si os apetece, lo veáis tranquilamente:

Primera parte

Segunda parte

Durante toda mi intervención, me sentí muy cómoda, la verdad, aun con la cámara grabando, que suele imponer bastante (era muy pequeñita, pero graba igual). Expliqué las cosas que creo que son estupendas, y las que creo que pueden  mejorarse… qué narices, ved el video, que con lo que me ha costado que aparezca superpuesta la presentación de Power Point, ya puede verlo gente, ya… En serio, creo que si os interesa el tema, va a ser mucho más grato que leerlo.

El turno de preguntas fue mucho más breve de lo habitual, y la mayoría de las preguntas dirigidas a mí fueron para felicitarme y hacer algún comentario, como que los profesores de las asignaturas como “Teoría y práctica de la traducción” no pueden hacerlo mucho mejor de lo que lo hacen, porque la asignatura en sí es muy pesada (lo suscribo). Todo el mundo encantador. Y yo, en una nube.

También hubo preguntas para Chelo, una de ellas relacionada con el tiempo que se pierde en hacer memorias de traducción cuando el original viene en papel. Quisiera comentar, sobre este punto, que creo que no es en absoluto un gasto de tiempo, sino una inversión, puesto que digitalizando los textos (sobre todo si son del mismo ámbito) y creando memorias de traducción a partir de ellos, se ahorra muchísimo tiempo en traducciones posteriores. Sinceramente, entiendo que nos lo planteemos, pero creo que la conclusión a la que todos deberíamos llegar es que sí merece la pena. De hecho, recuerdo lo que pensaba yo misma en la carrera:

¿Pero para qué quiero tener segmentos guardados si luego no se van a repetir exactamente igual nunca?

¡Ja! Ahora entiendo que, en primer lugar, sí que suelen repetirse segmentos, sobre todo en textos técnicos y jurídicos (certificados, etc., que son los que más habitualmente se traducen), ya que estos últimos mantienen una estructura muy similar, si no idéntica, cambiando sólo los datos personales, la fecha, etc. y, en segundo lugar, que las memorias de traducción no sólo son útiles cuando los segmentos se repiten exactamente, si no cuando son parecidos, o cuando queremos buscar de una forma rápida un texto que nos pueda ayudar, aunque no sea estrictamente una traducción.

Tener la documentación en papel ocupa sitio, coge polvo, y encontrar algo en ella es costoso en tiempo. Cuanto más podamos digitalizar, mejor, lo que no quita que trabajemos en papel, por ejemplo, para revisar, como también se comentó en el turno de preguntas, porque no se ven las cosas igual en papel que en la pantalla. Sin embargo, aunque hagamos la revisión en papel, la tendremos que trasladar posteriormente a formato digital.

El papel es imprescindible, y los libros, un tesoro, pero la manera de almacenar datos debe ser (y es) cada vez más digital.

No nos resistamos al progreso, o nos pillará desprevenidos cuando ya no tengamos la opción de quedarnos atrás.

Toma, qué bien me ha quedado.

Una charla, mil reflexiones

Siguiendo la estela de Cristina Aroutiounova y Rai Rizo, el próximo miércoles 23 de Mayo (a las 12 de la mañana, para más señas) voy a tener el privilegio de dar una pequeña charla en la Universidad de Alicante sobre las diferencias entre la carrera de Traducción e Interpretación y el mundo laboral. El título es Práctica profesional y docente: una visión de contraste, y se enmarca en el Seminario sobre traducción e interpretación económica e institucional: docencia, investigación y profesión.

La verdad es que me sorprendió mucho que contaran conmigo para estas charlas, pues no fui una alumna destacada ni modélica (tampoco es que fuera mala, entendedme, pero digamos que me lo pasaba bien en la universidad) y tampoco ahora soy una reconocida traductora, ni especialmente visible en la red. Así que, oye, gratitud.

Sin embargo, sí creo que puedo aportar muchas ideas sobre el tema de mi charla. El problema es que sólo me han dado 30 minutos, con lo que las infinitas reflexiones que me han venido a la cabeza preparando la presentación las tendré que dejar para este humilde blog. Pero eso no me apena en absoluto, amados lectores, pues me da la oportunidad de explayarme todo lo que me dé la gana (y que cada uno deje de leer cuando le apetezca), cosa que me trae de cabeza en la preparación de mi intervención pues, como bien sabéis los que me conocéis o habéis leído algún artículo de este blog, hablo por los codos. Y tengo un defecto/virtud que me persigue allá donde voy, y es que, al planteárseme un problema, intento llegar, en la medida que mi inteligencia y conocimiento del mundo me permiten, a la mismísima raíz del susodicho problema. Claro, esto implica hablar (o escribir) mucho.

En este caso, el problema que se me plantea es por qué hay una diferencia entre lo que aprendemos o practicamos en la universidad y lo que luego necesitamos (o creemos que necesitamos) en el mundo laboral. Y, como os adelantaba en el título, este problema (o bueno, esta situación, si queréis) me ha llevado a plantearme muchas cosas, desde la organización de la Universidad de Alicante en particular y los problemas específicos a los que se enfrenta, a la situación de la Universidad española en general, pasando por el sistema educativo en su conjunto o la abrumadora tasa de paro juvenil (del 50%, como sabéis) y sus causas.

Como véis, no me conformo con reflexionar acerca de lo que se me plantea, sino que voy muuuuucho (igual demasiado…) más allá en sus causas y, espero, en sus soluciones o mejoras. No voy a tocar ninguno de estos temas en mi charla del miércoles (salvo que me lo pidan los asistentes), pero espero que futuras entradas de La traducción o la vida puedan ayudar a entender y solucionar un inconveniente (la brecha entre las univesidades y el mundo laboral) que creo que está causando otros muchos y muy graves problemas.

Me encantaría que, si estáis por Alicante el miércoles, os pasárais por la Facultad de Filosofía y Letras de la UA. Si no tenéis la oportunidad, espero que os paséis por aquí y vayáis leyendo mis reflexiones y el resumen que haré (como es de rigor) de la charla en sí. También agradeceré, como siempre, que compartáis vuestras experiencias y vivencias, y si para vosotros hubo un cambio importante entre la universidad y el mundo laboral, si tenéis sugerencias que hacer a la universidad, etc. De hecho, si me caben, las incluiré en la presentación (con vuestro nombre, ¿eh?), que todas las aportaciones son pocas cuando se trata de cambiar el mundo.

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