La traducción o la vida

De prioridades, dilemas, aciertos y equivocaciones

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Arrivederci, traducción

Goodbye, adiós, au revoir…

Es curioso cómo en la mayoría de idiomas el adiós no es definitivo, sino temporal (hasta la vista, hasta más ver…). Quizás por eso, porque sé que un adiós no es como un «de este agua no beberé», me cuesta un poquito menos decir adiós a la traducción.

Además de la carrera (que ya me costó un par de años más de lo habitual), llevo 6 años en este mundillo, primero como autónoma y luego junto a mi queridísima socia Cristina Aroutiounova en esa maravillosa aventura que llamamos Magnolia. 6 años que, para qué engañaros, no han sido fáciles: he aprendido lo que no está escrito, he disfrutado como una niña, he crecido como persona y como profesional… pero han sido 6 años en los que cada día había que sacar fuerzas y motivación para seguir adelante.

Sin duda, lo mejor de estos 6 años ha sido descubrir que, a pesar de ser profesionales solitarios (quizás precisamente por eso) los traductores tenemos muy, muy desarrollado el sentido del compañerismo. Mis compañeros no solo han sido mi apoyo, mi enciclopedia y mi mejor compañía, sino que han sido también mis mejores clientes y prescriptores. ¡No puedo estar más contenta de haber pasado estos años tan bien acompañada!

Sin embargo, todo esto no ha sido suficiente contra la evidencia de que, aunque la traducción como profesión me encanta, no despierta en mí la pasión necesaria para pelear por ella cada día contra viento y marea, contra clientes que no quieren invertir en traducciones de calidad, contra los que lo quieren todo para ayer. Ojo, que no estoy echando la culpa a esos clientes ni estoy diciendo que todos sean así, sino que YO y solo yo no he conseguido encontrar la motivación para seguir buscando a esos clientes ideales, para seguir peleando para dedicarme a esto toda la vida.

Lo cierto es que nunca me ha seducido esa idea.

Pero no lo sabía.

A veces, cuando la vida te plantea decisiones difíciles, te toca plantearte la vida entera. A veces, cuando algo va mal, es que tiene que ir mal para que puedas avanzar.

Adoro los idiomas, adoro poder comunicarme cuando voy de viaje y jugar a hacerme pasar por local imitando el acento y la cadencia. Adoro la gramática y la etimología. Pero no lo suficiente.

Conoceros a todos vosotros también me ha hecho darme cuenta de que ese amor que yo creía tan absoluto no llega ni a la suela de los zapatos de la pasión que sentís muchos por esta profesión, por todos sus recovecos, por sus luces pero también por sus sombras: por las noches en vela y los fines de semana en pijama trabajando. La pasión hace que todo eso importe muy poco.

¿He descubierto por fin mi pasión? No creo que las personas tengamos una única pasión absoluta. Creo, más bien, que en cada etapa de nuestra vida nos sentimos atraídos por un ámbito que sobresale de entre los demás, y lo convertimos en nuestra pasión pasajera. ¿Cuánto durará? Nunca se sabe, pero para disfrutarla al máximo debemos exprimirla desde el primer momento. Quizás mi pasión por los idiomas se diluyó después de unos años universitarios decepcionantes y, aunque me tomé un descanso para reponerme, no quise ver que esa pasión nunca iba a volver con la misma fuerza.

Mi pasión, esa faceta de mi vida que ahora sobresale, tiene mucho que ver con el trabajo que he desarrollado en Magnolia, donde escondí a la Marta traductora y dejé salir a la Marta gestora, la que dirige, la que organiza. Me di cuenta de que la mayoría de los problemas vienen, en última instancia, de una falta de organización o planificación, de esa imposibilidad de sentarse a pensar un ratito antes de actuar para descubrir cuál es la mejor manera de proceder. Así que quiero ayudar a la gente a evitar problemas, a ser más felices, a utilizar mejor su tiempo, a aprender a invertir tiempo en sí mismos y en sus decisiones y tareas, sin sentirse empujados a empezar a actuar sin haber pensado antes.

Quiero poner mi granito de arena para crear una sociedad más feliz, más tranquila, más concienciada. Más organizada y más productiva. Y eso no significa perder la chispa, la espontaneidad, la personalidad.

Si tienes curiosidad en saber en qué ando, visita mi nueva web www.baransuorden.com.

Y tanto si tienes curiosidad como si no, si eres uno de los muchos amigos traductores que he conocido en estos 6 años, recibe todo mi cariño y mi gratitud, y ten por seguro que nos volveremos a ver, porque el adiós nunca es definitivo, porque siempre significa «hasta la vista».

Os quiero, leñe

Os quiero, leñe (¡y a todos los que no están en la foto también!)

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Gente maja a más no poder

Hace unas semanas, recibí un encargo de esos que me encantan a mí: la traducción EN>ES del manual de una escafandra de buceo. Me gustan este tipo de trabajos porque me permiten descubrir «mundos» que, de otra manera, quizás ni siquiera me plantearía que existen. Lo que no sabía es que, además de aprender, estos encargos te permiten conocer gente estupenda, que ama tanto lo que hace que no tiene reparo en utilizar su tiempo en ayudarte, aunque sea a cambio de nada. ¡Ay, si el mundo se llenara de gente maja, qué distintas serían las cosas!

Cuando digo "escafandra" os imagináis esto, ¿a que sí?

Cuando digo “escafandra” os imagináis esto, ¿a que sí?

Para empezar, querría explicaros que una cosa es el buceo recreativo (el de «ver pececitos»), otra es el técnico (inmersiones un poco más complicadas, como por ejemplo en cuevas, en las que las medidas de seguridad son muy importantes) y luego está el buceo profesional que es, como su propio nombre indica, una actividad laboral (recoger muestras, algas, etc.; hacer perforaciones, obras o drenajes…). Cuando este último tipo de inmersiones se prolongan en el tiempo o se hacen a mucha profundidad (o ambas cosas), se requiere el uso de la escafandra, lo que permite al buzo recibir aire por un cable desde la superficie y, así, evitar tener que cargar con tantas botellas de aire comprimido.

Hasta aquí todo bien, pero resultó que el nivel de especialización del texto sobrepasaba mis capacidades documentales, con lo que necesité consultar a expertos. Pero, ¿cómo narices encuentro yo a alguien que haya buceado alguna vez con escafandra y que, además, sepa cómo se llama cada pieza, cada procedimiento? Muy complicado, oigan.

Pero nada hay imposible para una traductora cabezota. Una, que tiene muchos contactos, conoce a un buzo profesional, Abraham, pero resultó que no tiene internet en su casa (vive en Asturias), así que me resultaba muy, muy difícil preguntarle mis dudas por teléfono, sin el apoyo de las fotografías y sin poder enseñarle el contexto, así que él, más majo que todas las cosas, me dijo que buscaría algún colega que anduviera por mi tierra para que me echara un cable. ¡Qué maravilla! Les debo un gintonic.

Pues es este casquito tan moderno el que tiene la culpa...

Pues es este casquito tan moderno el que tiene la culpa…

Mientras tanto, una amiga me comentó que había una escuela de buceo (GISED) en la Albufereta de Alicante y que, creía, uno de los que la llevaban era buzo profesional. Allá que me voy con mi portátil y mi lista de dudas. Me encuentro que no hay nadie, porque están en una inmersión, pero vuelven en seguida. Con mi mejor cara de corderito, le comento al chico (Alfonso) mi problema, creyendo que me iba a mandar a freír espárragos, pero, para mi sorpresa, ¡estuvo encantado de ayudarme!

Me enseñó las instalaciones y los equipos que usan y, aunque no es buzo profesional, se pasó dos horas (¡dos horas!) conmigo solucionándome dudas. Incluso, cuando vio que había cosas que se le escapaban, llamó por teléfono a otros miembros del club. Uno de ellos, Agustín, incluso echó mano de un manual que tenía en casa para solucionarme algunas preguntas. Vamos, que beso el suelo por el que pisan. Y les debo una cerveza.

Aunque me llevó bastante tiempo hacer todos los cambios y mejoras que me propusieron (tanto que no me dio tiempo a quedar con el amigo de Abraham), creo que finalmente quedó un manual estupendo.

De esta guisa me imagino cuando traduzco cosas de buceo

De esta guisa me imagino cuando traduzco cosas de buceo

No era la primera traducción de este ámbito que hacía, pues hace ya unos meses, tuve que traducir el manual de un «jacket» (ese chaleco en el que va anclado todo lo que necesita un buzo). Me encontré con un término que no conseguía encontrar en español y, siguiendo mi costumbre de preguntar antes que nada, llamé a una tienda especializada, donde un amabilísimo muchacho llamado Ricardo, al que le debo un café, me solucionó la papeleta en cero coma.

Así que, después de cumplir con todas las invitaciones que tengo pendientes (que no son pocas), creo que me voy a hacer el curso de buceo, ¿no? En GISED, por supuesto. El buceo me ha dado mucho y ya es hora de que yo se lo devuelva.

Happy Mondays

yo puedo con el lunes

¡Puedo con el lunes!

Como no he ido a #Lenguanding y me muero de envidia, quería desviar la atención con esta nueva ocurrencia mía: los ¡Happy Mondays!

Veréis, soy de esas a las que los lunes se le hacen muy, muy cuesta arriba. Aunque me levante igual de temprano y haga la misma rutina (duchita, yoga matutino, desayuno completo…), cuando me pongo delante de mi amigo Trados, hay algo que me empuja a levantarme de la silla, una voz interior que me repite, con tono horripilante:

La pila de los platos sucios llega hasta el techooo.

No has hecho la compraaaa.

Tienes la lavadora por poner, pero es que ni siquiera has doblado la anterioooooor…

colada

La colada que no me deja trabajar

Y cosas por el estilo. Curiosamente, todas estas tareas “pendientes” me la traen al fresco me dan igual el resto de días de la semana. Debe ser porque los lunes me siento culpable por no haber hecho nada en todo el fin de semana. Porque no, yo el fin de semana no me dedico a limpiar ni a solucionar asuntos pendientes, sino a disfrutar.

Así que los lunes, mi productividad caía de tal forma que, normalmente, acababa el día con más cosas pendientes de las que tenía al empezar. Un desastre.

Por eso, hoy, dentro de mi plan maestro para incluir en mi rutina y en el mejor momento posible todas aquellas cosas que tengo que hacer y que siempre voy dejando hasta que ya es demasiado tarde, he decidido que los lunes van a ser para hacer recados, limpiar la casa y dejar limpia (o lo más limpia posible) mi lista de tareas pendientes.

vencido lunes

Mi nuevo lema

Creo que es importante que los que trabajamos en casa aprovechemos la oportunidad de organizarnos según nuestros “biorritmos” (llamadlo como queráis). Es decir, que, por ejemplo, trabajemos cuando más productivos somos, aunque sea a las 4 de la mañana, y organicemos el resto de cosas que tenemos que hacer de acuerdo a lo que “nos pide el cuerpo”, siempre dentro de nuestras posibilidades, claro. De esta forma, todo nos costará mucho menos, sentiremos menos culpa por no hacer lo que debemos hacer y, de hecho, conseguiremos hacerlo todo y ser más felices.

Como plan no está mal, ¿no?

Gestión del tiempo: ¡aquí hay tomate!

Como sabéis, queridos lectores, conseguir una gestión más eficaz del tiempo es una de mis obsesiones vitales, y una de las técnicas que (para mi gusto) mejor lo consigue es la archifamosa Pomodoro.

A los que no la conocéis, os diré que se basa en la aplicación de descansos de 5 minutos por cada 25 minutos de trabajo, con un descanso más largo de 15 minutos cada 4 períodos de trabajo. Debe su nombre a esos relojes avisadores que hay en casi todas las cocinas del mundo. Se conoce que en la casa del inventor de este método el que había tenía forma de tomate. Podéis investigar más sobre el origen del pomodoro, su inventor, etc., pero a mí lo que me interesa es su aplicación práctica, así que vamos a ello:

¿Por qué creo que el pomodoro es el mejor amigo del autónomo?

PomodoroAunque es una técnica muy interesante para cualquiera que haga un trabajo intelectual, el autónomo que trabaja en casa es la mejor “presa” para el pomodoro. Evita la fatiga intelectual, visual, postural y vital que produce estar horas y horas delante de un ordenador pero, además, nos permite ir adelantando esas “cosillas” que siempre hay que hacer por casa. Eso sí, hay que ser disciplinado, porque es muy fácil ignorar al relojito o decir “en cuanto acabe esto” y, de repente, darte cuenta de que han pasado dos horas.

Si por el nivel de concentración que requiere nuestra tarea o cualquier otro motivo los intervalos se nos hacen demasiado cortos, podemos juntar dos pomodoros y hacer un descanso más largo, o podemos cambiar por completo los períodos de trabajo y descanso pero, si queremos que sea efectivo, debemos mantener la filosofía del método, haciendo descansos regulares.

Yo sigo los períodos estándar, pero cuando trabajo con alguien más suelo juntar dos (se pasa el tiempo más rápido). Los días que tengo trabajo de traducción no me cuesta aplicar las pausas, porque uso Trados y me es muy fácil encontrar el punto en el que parar. Sin embargo, cuando me estoy peleando con alguna página web o con las redes sociales, se me va el tiempo sin sentir. Y ahí es donde entra la funcionalidad de la aplicación que usemos para gestionar nuestros pomodoros:

¿Qué pomodoro usar?

Disponibles hay infinidad, tanto de escritorio como para el móvil.

Yo he probado muchos (incluso un día probé a usar el relojito de verdad, pero hacía demasiado ruido), y al final me he quedado con Clockwork Tomato. A todos los demás les he encontrado pegas, pero este me ha convencido porque, además de ser totalmente configurable y funcionar bien (parece una obviedad pero no, no lo es), avisa cada 3 minutos cuando ignoras el cambio de ciclo. Me viene genial cuando estoy tan metida en la tarea que no me doy cuenta de que ha sonado.

Por supuesto, la gestión eficaz del tiempo no sólo depende del pomodoro, ni siquiera está en nuestra mano en muchas ocasiones, pero creo que tener un buen pomodoro es imprescindible

Un momento, que me toca descanso…

para ser más productivos y, a la larga, mucho más felices, porque aprovechar mejor nuestro tiempo de trabajo hará que podamos disfrutar de más tiempo libre (o ganar más dinero en el mismo tiempo, eso ya cada uno).

¿Qué hago en los descansos?

maxNo vale usar los descansos para ver las redes sociales o jugar al Candy Crush. El típico “es que me relaja” no vale, porque de lo que se trata es de levantarse de la silla y descansar la vista, además de la mente. Podemos aprovechar los descansos para hacer estiramientos, pero yo siempre aprovecho para fregar, hacer la cama, limpiar el baño del gato (cuanto más trabajo tengo más limpia está mi casa, Mari) o salir a la terraza a regar las plantas, que además viene muy bien para que me dé un poco de solete alicantino. Y un planazo es siempre achuchar a mi gato.

Yo intento sentarme a trabajar nada más terminar de desayunar o comer y aprovecho el primer descanso para lavarme los dientes, el segundo para recoger la mesa… Es un pelín guarrada, pero me funciona, porque si me pongo a recoger antes de trabajar, ya que estoy friego, ya que estoy limpio la cocina, barro, pongo una lavadora…

¿Hay otras alternativas?

Por supuesto. Hay un método natural y sanísimo que consiste en beber mucha agua. Claro, a cada ratito tienes que levantarte sí o sí para ir al baño 🙂 (éste es de un profesor de la universidad). Yo no lo hago porque mis riñones están en plena forma y si bebiera agua mientras trabajo, directamente no podría trabajar.agua

Otro método (by @xosecastro) consiste en levantarse sistemáticamente cada vez que te llamen por teléfono y aprovechar para relajar los ojos. Claro, si no te suelen llamar mucho, ésta no funciona.

En cualquier caso, la mejor receta para conseguir mayor productividad es no agotarse, tanto en el corto como en el medio y largo plazo. Cada uno tenemos nuestros trucos y los que sirven para unos no tienen por qué servir para otros. ¿Cuál es el vuestro?

Fiebre formativa

Como ya sabéis, mi mayor problema en el mundo es compaginar mi actividad profesional (la traducción) con la personal (en resumen, la vida), y llevo bastantes meses avanzando mucho en este sentido (aplausos). aplausosGracias, gracias. Lamentablemente, algo o alguien ha de verse afectado en este ajuste (no, este no es un recorte, sino un ajuste de verdad) y en este caso ha sido éste, mi muy querido blog. Bueno, y Twitter también, que lo tengo abandonaíco. Qué le vamos a hacer, no se puede tener todo en la vida.

Sin embargo, no todo ha sido traducir. He acudido a varios de estos saraos tan chulos que organizamos los traductores (el ETIM 2012, el curso de coaching para traductores de Xosé Castro del pasado domingo en Alicante) pero, además, he hecho un curso online de traducción de guiones, en Escritores.org, otro de localización de software, también online, a través de Trágora formación, y un curso presencial de traducción para doblaje en Soundub formación, en Madrid, también impartido por Xosé Castro que, como bien sabéis, es omnipresente, como Dios.

No puedo estar más contenta de haber participado en todos estos cursos y saraos. He aprendido muchísimo y he conocido a gente fantástica y, sinceramente, y muy a pesar de la astenia primaveral, que me trae por la calle de la amargura, tengo ganas de comerme el mundo. Me siento preparada para lanzarme a buscar nuevos clientes (después de todo el proceso previo, Xosé, no te preocupes) relacionados con estos ámbitos que, hasta ahora, sentía que, por mucho que me gustaran, se me quedaban grandes, porque no los conocía lo suficiente.

doblajeYa he traducido mi primera aplicación para móviles, y llevo ya unas cuantas webs en mi currículum. Aún no he hecho traducción para doblaje, al menos cobrando por ello, pero me contento con la experiencia (llamadme simple, pero fue una de las cosas que más ilusión me ha hecho en la vida) de ver cómo un actor de doblaje grababa una escena que habíamos traducido todos los participantes del curso de Soundub (aquí podéis ver el resultado final: http://bit.ly/12WrwhV). Los pelos como escarpias.

¿Y vosotros, qué pensáis? ¿Creéis que hay que seguir formándose? ¿Si es así, el hecho de saber que nunca vamos a terminar de formarnos os parece agobiante o, por el contrario, estimulante?

La vida antes de internet

Cuando empecé la carrera, allá por el año 2002, no existían Facebook ni Twitter, ni los traductores tenían blogs, pero sí existía internet (no soy tan mayor, uff…). En el primer cuatrimestre de mi lustrosa carrera, si no recuerdo mal, teníamos Documentación Aplicada a la Traducción, que giraba, al menos en la Universidad de Alicante y en el año 2002, en cómo hacer una buena referencia bibliográfica. Nos dieron algunas pautas para buscar en motores de búsqueda (valga la redundancia) y no recuerdo nada más. Sinceramente, un petardo. En el segundo cuatrimestre, cuando nos metimos en materia de verdad, al comenzar a traducir, el profesor nos explicó lo importante que era documentarse para poder traducir cualquier tipo de texto, y fue entonces cuando pudimos comprobarlo: había que buscar no sólo (sí, me resisto) en diccionarios, sino también en enciclopedias, periódicos, publicaciones especializadas… si queríamos que nuestra traducción fuera de una calidad al menos parecida a la del original.

Esta ardua tarea, ninguna tontería, no nos suponía tanto esfuerzo a los que teníamos a mano un ordenador con conexión a internet, lo que me hizo pensar, por primera vez, en lo jod**a que sería la vida del traductor ANTES DE INTERNET. ¿Cuánto tiempo dedicaba a estudiar el texto en casa antes de ir a la biblioteca? ¿Cómo narices sabía en qué libro debía mirar cada término? ¿Y cómo lo buscaba en la biblioteca? ¿Cuántos libros consultaría antes de dar con la respuesta que estaba buscando? ¿Cuántas veces se levantaría de su puesto cada hora? ¿Cuántas palabras podría traducir al día? ¿Sería esa una pregunta que hicieran a los traductores antes de existir internet?

Una cosa tengo clara: estos señores traductores pre-internet, muchos de ellos cualquier cosa menos traductores de carrera, eran infinitamente más sabios que nosotros. Tenían que serlo, pues buscar cualquier duda les suponía una cantidad de tiempo que no podrían permitirse perder. La adaptación al medio, señores. Yo soy de esas que sólo aprende (o aprendía) vocabulario para los exámenes (mi cerebro no me deja llenarlo con cosas que puedo buscar en segundos), así que ya podéis imaginaros la admiración que despiertan en mí estos sabios de los que hablaba. Grandiosos.

Sin embargo, el cambio que ha supuesto internet para los traductores no se queda ahí. La inmediatez con la que se reciben, traducen, corrigen y envían los trabajos a las agencias y clientes en general no puede compararse en absoluto con cómo se haría antes de existir el correo electrónico, para bien y para mal.

En el caso de una agencia de hoy en día, el tiempo que se tarda en recibir un encargo por parte de un cliente y remitírselo a un traductor pueden ser 5 minutos, si el cliente es habitual (y, por tanto, no pide un presupuesto previo) y el texto que envía no es muy largo y está en un formato editable. En este caso, también podríamos tener claro qué traductor es el que suele trabajar para este cliente. Se archiva el texto original, se examina por si hay alguna duda y se envía al traductor por correo electrónico. Lo dicho, 5 minutos. Este tiempo puede demorarse hasta las varias horas si no se cumplen las anteriores condiciones, claro, pero nunca podría llegar hasta los 5 ó 6 días que podría tardar en llegar el texto desde el cliente hasta el traductor si no existiera el e-mail, contando con los dos envíos que hay en el proceso.

Esto me hace plantearme, incluso, si antes de internet existían las agencias de traducción… Desde luego, no podían tener mucho que ver con lo que son hoy en día.

En las agencias, a día de hoy, los presupuestos deben prepararse en segundos, los correos deben contestarse en cuestión de minutos y las traducciones deben estar listas y revisadas en unas pocas horas (dos días a lo sumo, salvo, claro está, grandes volúmenes). Para que esto sea posible, se han tenido que desarrollar tantas herramientas que no creo que nadie que tuviera (o trabajara en) una agencia antes de la existencia de internet, pudiera siquiera imaginar lo que le deparaba el futuro a su sector.

Para que os hagáis una idea, a parte del correo electrónico, hay varias herramientas informáticas que se hacen indispensables en las agencias de traducción contemporáneas: por supuesto, al menos una CAT, para poder mantener memorias de traducción y bases de datos terminológicas para cada cliente; un programa tipo Contaplus, con el que llevar la contabilidad; un CRM (Customer Relationship Management); un calendario, y un gestor de proyectos. Eso como poco. Gracias a Dios, hay personas inteligentes en el mundo, y hay productos en el mercado que incorporan varias de estas funcionalidades. Sin embargo, no creáis que es fácil encontrar un producto que aúne todos estos menesteres. Y, como todos os habréis dado cuenta, si no lo tienes todo en uno, no lo puedes tener sincronizado, por lo que nunca sabes qué datos son los más actuales.

Si no habéis trabajado en una agencia, dudo que podáis haceros una idea de lo complicado que es saber qué se ha recibido, cuándo, de quién, para cuándo lo necesita, a quién se le ha enviado, si lo ha terminado ya, si se ha revisado, si se le ha enviado al cliente, si ha habido algún cambio, si hay traducciones anteriores parecidas… Son demasiadas cosas para la mente humana. E imaginaros si todas estas cosas se llevan entre varias personas… El caos. Por eso, las herramientas anteriores se hacen absolutamente imprescindibles si se quiere dar un servicio de calidad y en el tiempo que el cliente espera.

Aún hoy, hasta donde mi conocimiento alcanza, no hay en el mercado (muchas agencias tendrán uno, pero hecho a medida —o que cueste los ojos, los riñones, el hígado…) ningún programa que reúna TODAS las características que requiere una agencia de traducción (por favor, si os enteráis de alguno, decídmelo). Imaginemos todos cómo era la vida antes de los ordenadores personales y, sobre todo, de internet. Sinceramente, creo que era más plácida y requería de mucha más tranquilidad y sabiduría, aunque también más rígida e inflexible, claro.

Como siempre digo, todo tiene su parte buena, y su parte mala. Pero os lanzo una pregunta: si pudierais elegir, ¿en qué era preferiríais traducir: en la era pre-internet o en la actualidad?

Los 80.000 millones de metros obstáculos

Sí, ya. Lo sé, lo sé. Demasiado tiempo sin escribir… Bueno, como sabéis, a menudo hay que preguntarse: ¿la traducción (o el blog, qué más da) o la vida? Y en verano, señores, gana la vida. Una intenta no descuidar los mínimos, pero todos los pluses pasan a un segundo plano, ecilpsados por la playa, los chiringuitos, los amigos que vienen de fuera… Pero en fin, a lo que vamos.

Como sabéis, os prometí unas cuantas reflexiones sobre la universidad, la educación en general, etc. Las he escrito pero, con la que está cayendo (y no me refiero al calor), me han quedado muy pesimistas y quejicosas. Y no me gustan. Así que las reescribiré hasta que tengan el tono que tienen que tener: reflexivo y esperanzador, pero sin derrotismos. Recemos por que algún día se den las condiciones para ello… Mientras tanto, me veo en la obligación de seguir compartiendo con vosotros mis vivencias como traductora autónoma.

La última ha sido una valla más en una laaaaaarga carrera de obstáculos (todo el día con las olimpiadas en la tele, pues qué metáforas me van a salir…). En esta valla, he tropezado: una PRUEBA DE TRADUCCIÓN… (insertar grito de terror).

Dejando al margen que las pruebas pueden utilizarse para completar traducciones sin pagar un duro o que pueden servir para recopilar buenas traducciones para un fragmento que no se termina de ver claro, las pruebas de traducción son el día a día del traductor autónomo, siempre en busca de nuevos clientes…

Yo ya llevo unas cuantas a mis espaldas pero, antes de eso, pensaba que eran una tontería para una traductora mega-pro como yo (sí, hay que dorarse la píldora un poco delante del espejo) y que no tendría ningún problema en superarlas. Sin embargo, ya van un par que me echan para atrás: una fue por un error en los formatos de los archivos —así que esa cuenta, pero en otro apartado— y el resto porque, supuestamente, no llegaba al mínimo de calidad requerido. ¿Cómooooooo? ¿Que yo no llego al mínimo y luego me encuentro por ahí las traducciones que me encuentro??? Bah, no importa: NO ME MERECEN.

Sin embargo, la última de esas me llegó al alma. Era un cliente importante (como si alguno no lo fuera…) y puse toooooda la carne en el asador para hacer la mejor de todas las traducciones posibles, que no es que no lo haga siempre pero, vamos, que le puse un interés especial. Cuál fue mi sorpresa cuando la constestación que recibí fue:

bla bla bla, pero no cumples con nuestro estándar de calidad.

Exploté: no soy buena traductora, no valgo para esto, me cojo un vuelo y me monto un chiringuito en el Caribe… ya sabéis. Cuando me recompuse, hablé con la agencia y les pedí que, por favor, me mandaran el texto corregido, porque no entendía el motivo de su negativa. Muy amables, me lo enviaron.

Bien, mi conclusión es que o bien soy una ególatra insufrible y no sé reconocer mis errores, o bien soy un genio incomprendido, porque errores vi pero que muy pocos. Muy pocos, e incluso esos son discutibles. Vamos, que no son de esos que te hacen pensar que no quieres tener a esa traductora trabajando para ti, sino de esos que se corrigen con sólo decir:

Esto nos gusta más así, ¿de acuerdo?

Total, que ahora les voy a devolver todo el texto lleno de comentarios explicándoles por qué puse cada una de las cosas que puse. A ver si cambian de opinión. Y a partir de ahora, creo que voy a comentar todas mis pruebas de traducción, porque así no pierdo la oportunidad de explicarme. Esa ha sido la lección que he sacado de este obstáculo. ¿Creéis que es acertada? ¿Habéis tropeazdo alguna vez con una prueba de traducción? ¿Qué lecciones habéis sacado?

Por cierto, si estáis interesados/preocupados por el tema de las pruebas de traducción, no dejéis de leer los artículos de Oli Carreira (Checklist y Pulgarcito —absolutamente impresicindible), Pablo Muñoz (Un buen CV no lo es todo, Claves para una buena preparación y No pasar una prueba de traducción) y Ana Abad (La prueba de traducción), aunque seguro que hay muchos más artículo interesantes sobre estos (necesarios) obstáculos.

Vacaciones Santillanaaaa

Ay, no, que esas son las de verano. ¿No hay canción para las de Semana Santa? Pues debería. A mí son las que más me gustan, porque los viajes son más baratos, hay menos gente y el tiempo es más agradable que en verano, que pega un Lorenzo que es “demasiao”.

Para mí las vacaciones son la parte más importante del trabajo, porque es cuando cargo las pilas y acumulo inspiración, ánimos y buen rollo, imprescindibles para poder ejercer cualquier labor autónoma y, cómo no, la nuestra.

¿Qué es lo que más os gusta hacer en vacaciones? Apuesto a que la mayoría de vosotros dirá que viajar (si es que lo llevamos en la sangre) pero, desgraciadamente, no siempre hay presupuesto.

Otra opción muy recomendable es el deporte, que en esta época se hace muy a gusto. Yo acabo de comprarme unos patines (la próxima vez me llevaré la cámara para grabar las caídas), y estoy decidida a ir siempre que pueda un ratito a patinar, que luego duelen los muslos y eso significa que es bueno.

También está la bici, que en mi caso es más un castigo que una recompensa, porque soy una negada. Estoy mirando bicis estáticas de segunda mano para ir entrenando en casa antes de salir al campo (realmente lo necesito). Se aceptan ofertas.

Las vacaciones de balneario se han puesto de moda por lo estresado que está todo el mundo. Los traductores no somos una excepción, y creo que dejarse querer de vez en cuando le viene bien a cualquiera, ¿a que sí?

En este caso, mi spa ha sido Port Aventura (!!!!!!). Me lo he pasado en grande, y he soltado mucha adrenalina, cosa que me vendrá genial cuando tenga que tratar con algún cliente porculero pesado, y también he reservado algunos días para el dolce far niente, imprescindible para la relajación de la mente humana.

Me parece muy importante reservarnos tiempo libre para nuestras actividades, esas que no tienen nada que ver con la traducción (aunque no nos la podamos quitar de la cabeza), y no utilizar todo nuestro tiempo libre en cursillos, visitas a clientes o nuevas agencias, nuevos idiomas… Tenemos que relajarnos más, porque aunque pensemos que es tiempo perdido, en realidad es tiempo invertido en nuestro bienestar mental (y también físico, según el caso), que nos hará ser más felices y más productivos en nuestro trabajo.

A mí es que esto de darle gusto al cuerpo me llena.

¿Qué opináis? ¿Creéis que las vacaciones son tan necesarias para todo el mundo? ¿Sois de los que no sabríais que hacer con 30 días de vacaciones, como los americanos? ¿Cuáles han sido vuestras mejores vacaciones? ¿Notáis la diferencia al volver? ¡Venga, pongámonos en modo redacción de colegio!

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