La traducción o la vida

De prioridades, dilemas, aciertos y equivocaciones

Por qué “la traducción o la vida”

Hola, amable lector:

Me alegro mucho de que hayas llegado a esta sección (eso es que te interesas por mí), pero si quieres saber por qué “la traducción o la vida”, tendrás que esperar un poco; primero debo presentarme: me llamo Marta Frías Rodríguez —quizá lo hayas visto ya, pero así se te queda mejor ;-)—. Nací en la soleada y fantástica ciudad de Alicante allá por la década de los 80 (aunque no recuerdo la movida) y tuve la suerte y la desgracia de crecer en los 90 (la suerte por que me encanta el dance —que, por cierto, ha vuelto—, y la desgracia por la ropa que llevo en las fotos de cuando era niña). Me crié (sí, con acento) rodeada de personas bastante mayores, y, sin darme cuenta, me salen expresiones viejunas y religiosas (sabiduría popular en estado puro), aunque las contrarresto con una buena dosis de tacos.

Como todos, he pasado por muchas etapas en mi vida, pero una cosa he tenido clara siempre: lo mío eran los idiomas. Así que no es de extrañar que acabara estudiando Traducción e Interpretación. Lo que fue un poco más chocante fue que decidiera hacer un ciclo formativo en Programación (cosas de la vida). Lo que tienen en común estas dos profesiones (muchas veces opuestas) es que en ambas se tratan otros ámbitos: se traducen textos sobre cualquier tema; se hacen programas informáticos para gestionar cualquier cosa (y ya si hablamos de webs, ni te cuento). Y eso es precisamente lo que me encanta de mis dos profesiones: que no te dejan parar de aprender. Así gano yo siempre al Trivial…

Cuando terminé la carrera, decidí encaminar mis pasos hacia el mundo de la informática y tuve la oportunidad de trabajar durante casi un año en una gran empresa, en la que aprendí mucho (bueno y malo, que todo sirve), pero de cuyo frenético ritmo de trabajo acabé cansándome. Fue entonces cuando decidí que quería ser traductora autónoma, para poder elegir mis clientes y mis proyectos, para especializarme en lo que quiera y no en lo que me obliguen, para poder coger vacaciones en el momento que me diera la gana… Ay, qué bonito era todo entonces… Pero espera… ¡SIGUE siendo bonito! Nada de todo eso ha cambiado, pero he descubierto lo que cuesta no desmoronarse cuando no te llega trabajo, echarle morro al asunto y publicitarte a la primera de cambio, estar al día de las novedades, mantener el twitter, el facebook, la página profesional, y ahora el blog…

La vida que siempre me había imaginado dista mucho de lo que se me viene (o ha venido ya) encima —yo quería tener mi horario y, al terminarlo, olvidarme de trabajo—, y por eso mi principal preocupación en estos tiempos es “la traducción o la vida”, porque, hoy en día, para empezar como traductora autónoma hay que dedicar tanto tiempo y esfuerzo a tantas cosas que casi tienes que renunciar al resto de tu vida (lo que digo siempre: “hay muy pocas horas en el día”). Las redes sociales y las nuevas tecnologías nos ofrecen infinitas posibilidades de comunicación e información, pero a la vez nos obligan a dedicarles un tiempo (bastante grande), y además, si no lo hacemos, desaparecemos del panorama. No es que las cosas antes de las redes sociales y los blogs fueran mejores (ni mucho menos), pero quizás eran más lógicas para la sencilla mente humana, ¿no?: ponerte guapa, coger tus currículums y llevárselos a las empresas. Ahora eso no es suficiente: hay que ser visible. Pero el ser visible no sólo (ya veis que eso de quitar acentos no lo estoy llevando nada bien) te ayuda a encontrar trabajo, sino a relacionarte con los colegas y a conseguir su ayuda (y ellos la tuya, si Dios quiere), lo cual es maravilloso. La sensación que se me queda es que todo es cada vez más fácil y más difícil al mismo tiempo, y que lo que hay que hacer es aprender, para que lo difícil desaparezca.

¿Qué simple, no? Pues sí, de decir. Pero de hacer, ya es otro cantar. Sobre todo si vives independiente, tienes una casa que atender y una comida que hacer cada día. Aprovecho la ocasión para quejarme de todas las cosas que se nos presuponen a las mujeres por el mero hecho de serlo: hay que estar delgadita, llevar el pelo bien teñido y bien cortado, ir bien maquilladita, depiladita, conjuntadita y a la moda (¿No te pegan los zapatos con el bolso? ¿Esa camiseta no es de hace 3 años? Pues sí, pero está nueva, leñe). Y luego las cosas generales de la Humanidad: los dientes cuidados, la ropa planchada, la casa sin polvo, la comida sin grasa. Queremos hacer deporte, queremos ver y cuidar a los amigos y a la familia, queremos viajar, leer, ver películas; queremos jugar con nuestro gato o pasear a nuestro perro… Muchas cosas, ¿no? Pues si a eso le añadimos: busca clientes, tenlos contentos, mantén sus datos actualizados y organizados, lleva tu contabilidad, actualiza tu currículum, el blog, comparte enlaces en twitter y en facebook, responde dudas, haz cursos, acude a congresos, aprende nuevos idiomas o mantén los que ya sabes… ah, y, si ves que te da tiempo, traduce un ratito.

¿Y por qué lo hago? Pues porque me encanta. No me imagino siendo ninguna otra cosa más que traductora. Nací para eso. Hay días en que no lo veo tan claro, como me imagino que le pasará a todo hijo de vecino, pero el resto de días me emociono tanto pensando en esta profesión que todo merece la pena (menos renunciar a un viaje por un encargo, eso no). De todas formas, sé que toda esta “angustia” (entiéndase, andar como tres por cuatro puertas) pasará y se convertirá simplemente en parte de mi rutina diaria, como ya lo son ver el correo y el facebook, por ejemplo.

Espero poder transmitirte, amable lector, toda mi pasión por la traducción y muchos otros temas. Espero que puedas aprender algo de mis muchos errores, y de mis fortalezas (que también tengo) y, por qué no, también pasar un buen rato, si disfrutas con mis parrafadas.

Gracias por llegar hasta aquí y espero volver a verte pronto.

Un fuerte abrazo:

Marta

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